
Foto de Toni Escuder
Y llegó el último día en Córdoba, que no el último del viaje. Como era de esperar nos costó levantarnos (a unas más que a otras), pero aún así después de otro contundente desayuno, nos fuimos a las ponencias. Esa mañana participaron Paula Casal, Martí Domínguez, Pedro Jordano y Juan Moreno, que hablaron sobre distintos aspectos de la figura de Darwin y su trabajo, y que, a pesar del tiempo justo, no defraudaron; lugo Vincent Alcántara y Fernando Gónzález Urbaneja dialogaron sobre la posibilidad de una economía ecológica en una reflexión que dio mucho que pensar: y cerrando la mañana, Lucía Martínez nos recordó lo “bien” que está la profesión de periodismo (ays…). La verdad es que esa mañana estuvo mucho mejor que la primera, si hizo más amena, interesante, dinámica… aunque los premios de fotografía fueron un poco sospechosos…
Después llegó la hora de comer, y, como el primer día, nos dieron productos de la tierra cordobesa. La comida también estaba más rica que el primer día, menos el postre, que era un extraño pastel de chocolate (que como dijo L era una paposidad), del cual sólo pudimos comer dos o tres cucharadas, no porque estuviera mal, sino porque era un poco empalagoso. Al igual que cuando llegamos nos sentamos en la última mesa, y los mismos. Como hicimos buenas migas decidimos ir juntos a la cena y luego salir. Pero antes, y tras apurar de nuevo el café, fuimos a un taller (que en realidad era una conferencia) que impartió Toharia, y que dejó un muy buen sabor de boca.
Luego, tras una ardua batalla para conseguir el diploma por la asistencia al seminario, nos encaminamos al hotel a descansar un rato (20 minutos) antes de la cena. Mientras estaba en la siesta, C me llamó para convencerme para llevar un vestido suyo, y tras mucho insistir (es que somo las dos un poco cansinas) acepté.
Una vez engalanadas, nos reunimos con nuestros acompañantes y nos dirigimos al Alcázar para el acto de clausura y la cena. Allí nos esperaba una agradable sorpresa, de lo mejor del viaje. Un concierto de guitarra española. Pero no fue una actuación cualquiera, tenía magia, emocionaba, hacía que los pelos se te pusieran de punta y te dejaba sin palabras.
Después de ese dulce sabor de boca la cena, que en buena compañía sabe mejor. Y como la noche era aún joven decidimos salir a bailar y reír, en una noche casi casi perfecta hasta la salida del sol.
No hay mejor viaje que el que se hace junto a buen@s amig@s, con la sonrisa siempre asomando entre los labios, la risa saliendo de muy hondo y conociendo a nuevas personas que dejan una huella en ti.