A cova do lobo

O lugar onde as árbores soñan con ser paxaros

Dos

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"Nunca es tarde"

“Nunca es tarde”, fotografía de Patricia Cortijo Oncala

Sentada en el borde de la cama recién hecha ató las zapatillas con fuerza. Un nudo apretado difícil de deshacer. Una lazada doble, no perfecta, pero casi. Bien anclada a la tierra. Salió de casa con pasos firmes, seguros, que se mantendrían aunque el día se pintase de gris y se volviese pesado.

Sus labios siempre dibujaban una sonrisa. Estaba convencida de que no había arma más poderosa que esa, siempre capaz de abrir cualquier puerta por muy fuertemente cerrada que se hallase. Sin embargo, sus ojos, profundos como la selva más verde, parecían engullir a quien se atreviese a zambullirse, o perderse, en ellos. Sólo quien la conocía de verdad sabía interpretar la conjunción mágica que se formaba entre su mirada y su boca. Su sonrisa podía albergar el enfado más grande y la serenidad de su mirar ocultar una dura lucha de pasiones.

Pero muy pocos eran capaces de darse cuenta, porque ella, como un árbol viejo, sereno, clavaba los pies en la tierra. Y detrás de su mesa escuchaba y escuchaba a los demás, con sus bullicios interiores, mientras anudaba los suyos, enjaulándolos tras barrotes de dudas, miedos e inseguridades que nunca dejaba ver.

O casi nunca. Al caer la noche, la luna nueva, cómplice, observaba, escondida, cómo se preparaba para volar. Se calzaba las zapatillas y, con delicadeza, las ataba a lo largo de sus piernas. Los cordones eran como una suave caricia. La lazada no la aprisionaba. Más bien todo lo contrario, le hacía cosquillas que le llegaban al corazón, obligándola a soñar con largas alas tan negras como sus zapatos de punta. Muchas bailarinas se quejarían de lo duro que es ese calzado, pero ella llevaba tantos años unida a la tierra, que sus pies habían conseguido una fuerza que se extendía del suelo a sus piernas.

Se miraba al espejo que colgaba torcido en la pared y no se veía a ella. Su cabellos oscuros, libres, se sumaban al roce de la tela de sus pies, seduciendo su piel blanca como un mar de niebla. Entonces izaba los brazos. Quien la estuviese observando no dudaría que las yemas de sus dedos acariciaban el cielo, como si un hilo invisible la sujetase para no que tuviese miedo a caer.

Su cuerpo era todo equilibrio. Las luces y las sombras borraban su edad y se mezclaban en sueños que pensaba cumplir aunque fuese más allá de la muerte. El aire que penetraba su cuerpo, burbujeaba en cada célula de su ser, dándole el tono liviano suficiente para flotar como si estuviese en un mar en calma.

Su postura distaba mucho de la rigidez que mantenía durante el día. Su cuerpo liberaba el alma a un tiempo que su espíritu desataba las ligaduras que la apresaban. Entonces, siguiendo el ritmo de la música que nacía de su mente, sus músculos se mecían en un compás que muchos considerarían tribal, pero que en realidad, si uno prestaba atención, vería que mezclaba desde cisnes grises, hielos agrietados a fantasmas invisibles que la levantaban con la ligereza de las plumas.

Hasta que, exhausta, caía en la cama, deslizándose sin saber muy bien cómo entre las mantas. Mientras, las estrellas, al otro lado del cristal, se reían divertidas, orgullosas por los sueños de danza que, inconscientemente, cada día se hacían más reales. No hay más imposibles que los que se pone una misma.

A la mañana siguiente el despertador volvería a sonar. Sus manos peinarían una larga cola de caballo antes de atar sus zapatillas. Y así, toda ella anudada, caminaría firme y fuerte por las calles llenas de gente, sin darse cuenta de que era un poco más libre.

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