A cova do lobo

O lugar onde as árbores soñan con ser paxaros

Los sueños en la mano

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Soñando con Botero

“Soñando con Botero”
Fotografía de Carlos Egio.

Le pegó una bofetada. Le dejó la huella encarnada de su diminuta mano para recordarle las estrellas de las que tanto hablaba. No le gustaban las mentiras y mucho menos si salían de su boca. Con los sueños no se juega. Y él sabía que algunos, por mucho que se empeñase, sólo se cumplirían para los niños ricos que vivían en el centro de la ciudad.

Y hacia allí se dirigía corriendo a la velocidad que le permitían sus pequeñas piernas. Tenía que ver al gigante. Era el único que lo entendía. Cuando llegó, escaló hasta su enorme mano. Allí se sentía seguro. Estaba convencido de que al amparo de su sombra se volvía invisible, imperceptible para las miradas apuradas que caminaban de un lado a otro.

Suspirando le confesó que no le debería haber contado a ella sus encuentros con la maldita luciérnaga. Todas las noches ese molesto bicho se enredaba en su cabello y chocaba con insistencia contra su cara, sus orejas… Incluso estaba seguro de que se reía de él cada vez que intentaba, con poco éxito, aplastarla o espantarla. Si, dirían que estaba loco, pero juraría que sentía sus carcajadas.

“¿Por qué no vas con ella?”, le murmuraron los descomunales labios. Lo miró con sorpresa y, por primera vez desde que se encontraron, con desconfianza. No entendía cómo de su boca podían salir con tanta firmeza las palabras inseguras que ella misma le había soltado, aunque terminando la frase con un: en lugar de querer matarla. Aunque lo había dicho mirando al suelo, lo había soltado con la certeza de quien le advierte que está destruyendo un sueño.

Molesto, apoyó la cabeza en sus duros dedos y dejó que las horas pasasen al ritmo de los que cruzaban la plaza con tanta prisa. “Eres un cabezota”. Ahí estaba, tan tranquila, posada en su nariz. La observó con el cejo tan arrugado que parecía que sus ojos se convertirían en uno. Cuando estaba a punto de lograrlo se separaron de nuevo. ¿Desde cuándo un bicho parecía una niña descalza y llena de barro? Aun así ahí estaba brillando como las farolas que acababan de encender.

Le devolvió la mirada en una mezcla de aburrimiento y reproche. Vio como estiraba dos largas alas tan deshilachadas como la ropa que él llevaba. “¿Te quedas?” Su tono era tan apremiante que no le quedó otra que ir detrás como si fuese una orden, mientras Botero, cómplice, dibujaba una ligera sonrisa.

– ¿A dónde vamos?

“Al lugar donde van los niños perdidos”. Empezó a reír. De cada carcajada brotaban luces de colores que lo hipnotizaban. Antes de que pudiese aferrarse a la tierra, sus pies ya estaban flotando torpemente.

Dejaron atrás la ciudad y cualquier señal de vida humana. Bajo ellos la selva les impedía ver la tierra. Pero no les hacía falta porque las hojas reflejaban la luz de las estrellas en verdes imposibles, creando caminos en el aire. La luciérnaga descendió despacio, mas él empezó a dar volteretas hasta que, mareado, chocó contra un suelo de musgo, helechos y hojas.

– ¿Nos espera Pedro?

“Pensé que habías dicho que los niños como tú no podían verlo”, sonrió traviesa. Bajó la cabeza avergonzado. “Quizás, puede, a lo mejor… Se arreglas el enredo, otra noche puedas verlo”.

– No sé cómo hacerlo…

Comenzó a reír y dirigió su mirada hacia unas diminutas flores blancas que había a su alrededor. “Son lirios, como yo. Son mágicas”. Su mirada reflejaba la complicidad de quienes hacen travesuras juntos. “Permiten soñar a quien se atreve. Llevan más allá de cada mundo a los viajeros que son incapaces de perder la ilusión, la imaginación… Crean alas, manejan los vientos a favor de los que vuelan lejos con ellas…. Quién sabe… Quizás, a lo mejor… Podrías devolverle sus sueños extraviados.”

No lo pensó dos veces. Con cuidado cortó solo una y sintió cómo su madre recuperaba una sonrisa que había desaparecido hacía mucho tiempo… Cuando la flor se desprendió del tallo despertó en la mano del gigante. “Sueños…” pensó con pesar hasta que vio, atrapado entre sus dedos, al lirio. Corrió a casa, junto a su madre, mientras Pedro y una pequeña hada revoltosa vigilaban cada uno de sus pasos.

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