A cova do lobo

O lugar onde as árbores soñan con ser paxaros

Sin color

Deixar un comentario

"La pajarera", Erika Kuhn. "No vino a ocuparle un pedazo de su espacio. Ella será como su color, digamos que el azul que llena el cielo."

“La pajarera”, Erika Kuhn. “No vino a ocuparle un pedazo de su espacio. Ella será como su color, digamos que el azul que llena el cielo.”

Los días eran las noches más oscuras, siempre envueltos en negrura y sombras, con un paso del tiempo deshilachado, arrítmico, asonante, silente, hasta que las aves nocturnas comenzaban a tejer con su piar telarañas cazadoras de pesadillas. Desde la ventana de la habitación, por donde huía el frío y entraba el calor, se preguntaba dónde se esconderían eses pájaros que volaban entre la melancolía y la esperanza, guardianes de los sueños, espíritus vigías de las estrellas que brillaban como luces apagadas.

Esa noche, un canto solitario arrullaba en la penumbra. Dejó su trabajo a medio hacer y se sentó en el pequeño tejado que había bajo la ventana, dejándose acariciar por sus palabras. Abrió los ojos y sintió cómo una silueta lo observaba protegida por el volar de mirlos y zorzales. Su mirada lo atravesaba con una candidez desconocida, prendiendo algo que durante siglos se había mantenido durmiendo en el mundo. En su mundo. Pero cuando escudriñó entre los grises, no encontró nada más que silencio. Una ausencia de sonido que lo aprisionó, obligándolo a entrar temblando como si el frío quisiera recuperar lo que era suyo.

Otro día más sin dormir, aguardando quién sabe qué, mientras sus pensamientos atravesaban el vidrio buscando una figura extraña. El lápiz rasgaba el papel por inercia, en un acto que, por reflejo, había acabado aborreciendo. Cuál fue su sorpresa, cuando sus cansados ojos cayeron en una imagen que le recordaba a las leyendas de una Sombrerera tan olvidada como el Arco Iris. El silencio volvió como si los pájaros contuvieran el aliento, expectantes por unos pasos que no estaban seguros de que el creador fuera a dar. ¿Dónde había abandonado la luz? ¿Cuándo la había perdido? ¿En qué momento había dejado de necesitarla? No lo recordaba, había aprendido que ya no le importaba.

Pero ahora ella lo miraba mientras la noche enmudecía. Y con ella, las plumas de las aves cambiaban, ardiendo en auroras boreales que hacía tiempo que había logrado borrar de sus recuerdos. Cerró las contras asustado, pero podía sentir su presencia al otro lado. Paciente, acariciando sus pájaros, aves que, al apagar su piar, permitían a miedos e inseguridades colarse por cualquier grieta. Tapó los oídos en un intento de encontrar dentro esos sonidos que calentaban las noches eternas, pero, burlándose de él, también callaban. O quizás sólo esperaban a que él, por una vez, liberara la primera palabra.

Entreabrió la contra y abajo la figura le sonrió entre las tinieblas, mientras las plumas de los zorzales destellaban amaneceres. Se cerró de nuevo en él, pero seguía escuchando como ella les murmuraba secretos a los pájaros noctámbulos. Entonces se dio cuenta de que, al reír ella, el piar de los mirlos volvía. Sin embargo, el sonido que antes lo había tranquilizado ahora lo intimidaba. ¿Se lo permitiría? Abrió la ventana de par en par, pero ya no estaba. En su lugar, un mirlo que reflejaba los verdes del mar lo observaba antes de echarse a volar.

Enfadado consigo mismo por dejarse llevar por la imaginación, por buscar espíritus y fantasmas tan eternos como efímeros, regresó a su lápiz. Pero sus manos se empeñaban en dibujar miradas y pájaros, y más pájaros. Molesto, arrugó la hoja y la tiró al suelo. Otra noche sin dormir.

No iba a tolerar que una sombra, por muy distinta a las demás que fuera, alborotase su mundo oscuro. Salió al tejado y aguardó por ella. Una hora, dos, hasta que el loco tiempo comenzó a reírse entre el piar de los pájaros. Del más pequeño de todos se formó la imagen de una mujer que, dando un paso al frente, lo retó. Se miraron cara a cara y, aunque se agarró con fuerza a las tejas, no pudo evitar hundirse en su mirada: un mar de colores dispuesto a inundar su existencia. Miles de pájaros nadaban a su alrededor cubriéndolo todo con cantos de atardeceres de fuego y cielos azules… Y en la sombra ella, siempre ella.

Volvió a la realidad respirando agitadamente. Los mirlos cantaban, de nuevo, a los sueños. A sus sueños. ¿Sería capaz de renunciar a ellos? Observó de nuevo a esa mujer encantadora de pájaros, de sueños y de sombras. La miró con detenimiento y descubrió todos los matices de los que estaba hecha. Entonces se dio cuenta de que no había marcha atrás: había llegado para devolverle el color a su realidad. Ya nada sería como antes. Ni él quería que lo fuese.

Advertisements

Deixar unha resposta

introduce os teu datos ou preme nunha das iconas:

Logotipo de WordPress.com

Estás a comentar desde a túa conta de WordPress.com. Sair / Cambiar )

Twitter picture

Estás a comentar desde a túa conta de Twitter. Sair / Cambiar )

Facebook photo

Estás a comentar desde a túa conta de Facebook. Sair / Cambiar )

Google+ photo

Estás a comentar desde a túa conta de Google+. Sair / Cambiar )

Conectando a %s